jueves, 28 de abril de 2011

JAVIER EGEA

Álvaro Salvador y la Poesía completa de Egea: mi discrepancia

Por Manuel Rico.

No suelo escribir acerca de las críticas que sobre mis libros aparecen en distintos medios. Sean elogiosas, neutras o negativas, siempre he mantenido un silencio respetuoso sobre la opinión del crítico. Incluso cuando he escrito algún estudio preliminar, un prólogo o un ensayo sobre algún poeta, esa ha sido mi norma. Tal era, también, mi disposición ante la edición del primer volumen de la Poesía completa de Javier Egea aún sabiendo de los aspectos conflictivos de su biografía, de la polémica que se produjo en Granada tras su suicidio y de la existencia de interpretaciones distintas sobre la relación de su escritura con la llamada poesía de la experiencia y con el manifiesto “La otra sentimentalidad”, de 1983.

I

A mi juicio, la edición de Bartleby es todo un acontecimiento. Un motivo para la celebración, para la alegría y, con independencia de las discrepancias que pueda haber respecto a algunos detalles de la edición, para proclamar a los cuatro vientos la necesidad de la lectura y la relectura de la obra de Quisquete. Creo que así lo expresó uno de los compañeros de Egea en la firma del citado manifiesto, Luis García Montero, en su artículo de Público del pasado 30 de marzo ( http://www.publico.es/culturas/368773/elrescate-del-poeta-con-sentimiento-politico ) . Con independencia de alguna imprecisión respecto a mi reflexión sobre la presencia de un sesgo irracionalista (“elucubraciones”, lo llamó) en la poesía más madura de Egea y del olvido al que relegó a José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández, sus editores, su artículo invitaba a acudir, a leer y a releer a Javier Egea.

No puedo decir lo mismo de Álvaro Salvador, el tercer firmante de La otra sentimentalidad, quien, con el título “Olor a espera”, ha publicado el pasado sábado, 24 de abril, una crítica al libro en el diario Granada Hoy en la que expresa algunas discrepancias con el contenido del prólogo y de las notas. La primera discrepancia se refiere a mi extrañeza ante la ausencia de Egea en la práctica totalidad de las antologías de ámbito estatal aparecidas en más de un cuarto de siglo, entre 1982 y 2007. Viene a acusarme de ignorante: “¿No sabe Rico a estas alturas cómo y por qué se producen estas ausencias?”, pregunta al lector. Y añade: “¿Cómo y por qué se ignoran muchos nombres valiosos y, en cambio, se incluyen otros tantos dudosos?”. Precisamente porque lo sé y porque no he querido establecer responsabilidades imposibles de probar, dejo expuesta la circunstancia y mi extrañeza. En ese cuatro de siglo yo fui testigo indirecto de la elaboración de buena parte de las antologías generacionales y todos sabemos el peso que tenían determinados críticos, poetas y editores a la hora de establecer las correspondientes nóminas de “elegidos”. Nadie con un mínimo de inteligencia puede creer que Egea, uno de los coautores del manifiesto y amigo de dos poetas que sí estuvieron en la práctica totalidad de las antologías y con un creciente nivel de relaciones en el mundo crítico y editorial de la época, quedara fuera de ellas por puro azar. Las preguntas serían:¿Fue vetado? ¿No fue propuesto? ¿Se valoró su nombre y decayó? ¿Nadie se acordó de él? En todo caso, la tesis del olvido no me parece creíble. Entre otras razones porque como afirma Álvaro Salvador, gozaba del reconocimiento de no pocos críticos y poetas consagrados (desde Aurora de Albornoz a José Hierro pasando por Carlos Sahagún o Ricardo Gullón). Entonces, ¿cómo es posible su ausencia en todas, incluido el tomo 9 de la Historia y crítica de la literatura española? The answer, my friend, is blowing in the wind, que diría Bob Dylan. Y creo que es mejor dejarla ahí, en el viento. Salvo que quieran escribir sobre ello quienes vivieron, como protagonistas, los procesos de elaboración de las mismas. De cualquier modo, queda el recurso de esperar a la edición de los diarios de Javier Egea, donde quizá encontremos indicios de esa marginación en sus propias reflexiones.

II

Álvaro Salvador afirma, también, que yo reconozco en el prólogo que no me preocupé de la obra de Egea “hasta después de su muerte, al publicarse Contra la soledad (2002)”. Ignoro de dónde saca tal afirmación. Desde luego, no del prólogo. Seguí siem-pre la obra de Egea aunque no escribiera de ella hasta la publicación de ese libro del mismo modo, por ejemplo, que no escribí sobre José Hierro pese a leerlo y seguirlo desde mi adolescencia, hasta que, en 1999, me fue encargada la crítica a Cuaderno de Nueva York. Álvaro Salvador ignora algo que dije en la presentación del libro en Granada el pasado 14 de abril: leí, en 1983, el cuaderno-manifiesto La otra sentimentalidad y durante años, desde Madrid y desde los márgenes de un mundo literario del que estaba ausente, leí con fervor cada nuevo libro de Egea (no fáciles de encontrar) y viví con extrañeza y sin la perspectiva que hoy tenemos su hueco en todas la antologías generacionales que llegaban a las librerías. No creo, por tanto, que sea buen método el que Álvaro Salvador utiliza adjudicándome afirmaciones que nunca he hecho.

Por otro lado, Álvaro Salvador afirma que yo en el prólogo digo que “ya en Troppo mare o en Paseo de los tristes el poeta se aleja de la poesía que escribían sus compañeros de manifiesto”, para, a renglón seguido, afirmar que no era cierto, que escribía en el mismo registro que ellos. He de decir, que lo que se recoge en mi prólogo, en su absoluta literalidad, es lo siguiente: “Es obvio que la gravedad de la reflexión de Egea y la lente, teñida por el pesimismo y por lo oscuro, que aplica en su mirada a la vida cotidiana lo alejan, en este libro,” (me refiero a Paseo de los trsites) “pero también en Troppo mare, de la poesía figurativa que dominaría la realidad lírica de España en la década de los ochenta y de la que escribían sus compañeros de manifiesto”. No es lo mismo, ni mucho menos, lo que ahí se dice que lo que de manera simplista transcribe Álvaro Salvador. Claro que Egea escribe Paseo de los tristes en medio de interminables conversaciones del grupo y bajo el magisterio del profesor althusseriano Juan Carlos Rodríguez y que en buena parte de sus poemas hay sintonía con el contenido del manifiesto. Eso es una obviedad. Pero Álvaro Salvador se olvida del componente de irracionalismo que cruza, de principio a fin, Troppo mare, y de las zonas de oscuridad que aparecen en Paseo de los tristes, escrito poco después que el libro anterior, al intentar formalizar lo que Juan Carlos Rodríguez llama “poesía materialista”, ese objetivo que, en el prólogo, califico de imposible. Diría más: en A boca de parir, su segundo libro (¡de 1976!), hay también numerosos elementos no racionales, no figurativos, no realistas.

III

Concluyo con una referencia a la descalificación de la nota a la edición y de las notas a los poemas. Respecto a la primera he de decir que los editores han transcrito un breve fragmento de los diarios de Quisquete en el que se ilustra de manera fiel su estado de ánimo en marzo de 1993 a la vuelta a casa tras una lectura poética. No hay bilis. De hecho, la nota en su conjunto, aunque ideológica y literariamente posicionada, es respetuosa y elude cualquier roce al margen de lo poético. Respecto a las casi cien páginas finales de notas a los poemas, quiero subrayar que, pese a lo que opina Álvaro Salvador (y, en parte, Ángel Luis Prieto de Paula), no sobran en absoluto. Entre otras razones porque no están metidas en medio de los poemas ni situadas a pie de página, algo que además, evita que sean un estorbo en la lectura. Complementan, amplían el horizonte del lector, aclaran y enriquecen la opción de todo aquel que se acerque al libro. Yo, que no conocí a Egea, estoy encantado con poder acceder, en vivo, a su taller poético, a sus correcciones, a las distintas versiones de los poemas, a sus manías como escritor. Y el lector es muy libre de leerlas de seguido, o por azar o como complemento a la lectura de uno o varios poemas. O de limitarse sólo a leer los poemas. Digo más, las notas con-vierten el libro en un magnífico mosaico de la obra de uno de nuestros grandes poetas. Seguro que los lectores que tampoco lo conocieron estarán, como yo, encantados con ese material.

Creo que todos los amantes de la poesía debemos alegrarnos de esta edición. Porque es la primera entrega de otros materiales, comenzando por una poesía inédita de muy alto voltaje (volumen II). Y porque al fin será Javier Egea, también con sus prosas y con sus diarios (volúmenes III y IV) quien tome definitivamente la palabra en lugar de los exégetas, los intérpretes y los dueños de las verdades reveladas.

http://www.culturamas.es/blog/2011/04/28/alvaro-salvador-y-la-poesia-completa-de-egea-mi-discrepancia/

sábado, 2 de abril de 2011

JAVIER EGEA: Una invitación y una reflexión



REFLEXIÓN:
#13

jqn713 01-04-2011 13:40

Quizás todo se resuma en lo siguiente: en lo que se ha hecho con la teoría de Juan Carlos/en lo que Juan Carlos ha permitido que se haga en nombre de su teoría.

He aquí el síntoma: "Escribe desde la conciencia de que no hay separación ideológica entre lo privado y lo público". Precisamente es lo contrario. Egea escribía desde la conciencia de que la única separación entre lo privado y lo público es ideológica, y no real. Y de que esa ideología tiene nombres y apellidos: ideología burguesa del sujeto. Su poesía es una lucha constante contra esa separación ideológica. Y no fracasó. Le dejaron solo en esa tarea política, a pesar de que no fue el único comprometido en ello -¿qué tuvo que ver el PCE en la relación Alberti/Egea-GM? De nuevo el silencio. Egea hizo poesía materialista mientras resistió en su pequeño pueblo en armas contra la soledad. El fracaso está en el abandono, no en la derrota.

Egea, más que un magnífico poeta, lo que evidentemente llegó a ser, fue un militante comunista que trabajaba como poeta. ¿Antes, después? Todo el mundo tiene su historia.

Y sólo se convierte en un personaje ridículo -alcohólico, enfermo, débil, suicida- cuando se toma la intimidad, la experiencia, etc. como punto de partida y no como resultado de la lucha de clases. Las experiencias propias, aquí y ahora, son casi siempre reaccionarias. La soledad de Egea no fue una decisión propia más que como consecuencia de la lucidez del que no iba a cambiar de barco, cuando casi todos huían como ratas.

¿Autor olvidado? ¡Qué cierto es lo de los silencios de LGM! Olvidado... ¿por quién? ¡Ay, la separación entre privado y público! ¡Ay, los escaparates de las antologías y los periódicos!

Egea no ha sido olvidado. No lo es por muchos estudiantes y militantes comunistas, al menos en Granada; no lo es por el PCE, sumido en la contradicción, que señala su suicidio, entre lo que fue y lo que es; y no lo es por los que estuvieron llamados y comprometidos en la poesía como tarea política y la abandonaron por el cambio en la vida cotidiana para llegar a las transformaciones históricas.

¿Y la otra parte de la relación dialéctica? ¿Y los cambios en la vida cotidiana que no se pueden producir hasta que no haya una transformación histórica? No será olvidado. Siempre se les aparecerá Quisquete, como prueba de que también están equivocados en teoría.

Para terminar, "dos versos deslumbrantes en la canción más inesperada": Y si te piensas echar atrás/tienes muchas huellas que borrar

Gracias a los que no olvidan y a los que no tergiversan.

Salud

http://www.publico.es/culturas/368773/el-rescate-del-poeta-con-sentimiento-politico

jueves, 24 de marzo de 2011

paisaje de la multitud que vomita

Federico GARCÍA LORCA / Poeta en Nueva York/ Fotografías MASPONS+UBIÑA/ Editorial Lumen Barcelona

PAISAJE DE LA MULTITUD QUE VOMITA
(Anochecer de Coney Island)

La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.

Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sol bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio,.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increibles
por las anémonas de los muelles.

Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.

Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.
Federico GARCÍA LORCA


Rebelión (24-o3-2011)

El diario de viaje de Vladimir Maiakovski
Un bolchevique en la corte del Tío Sam


El diario de viaje de Vladimir Maiakovski- el poeta de la Revolución de Octubre- por EEUU en 1925 anticipó la involución del capitalismo americano



Imagen de pesadillla: una manifestación de coches por las calles. De coches sin pasajeros. Suena a argumento de ciencia ficción, pero ocurrió en el verano 1925, en Detroit, cuna de la industria del automóvil, aunque sólo en la imaginación de Vladimir Maiakovski. "Se ven muchos más coches que personas en las calles. La gente entra en las tiendas, las oficinas y las cafeterías, y los automóviles se quedan esperando a sus dueños al lado de la puerta. Están aparcados en filas continuas a ambos lados de la calle. Se juntan como para manifestaciones en unos terrenos vallados especiales donde permiten dejar el coche por 25-35 centavos", escribió un estupefacto Maiakovski en América (Gallo Nero), diario de su viaje a EEUU en 1925, inédito hasta ahora en España.

Donde el gran poeta de la Revolución de Octubre veía una extravagancia urbanística, ahora vemos simplemente un parking. Sí, suena como si Maiakovski fuera un Paco Martínez Soria de la estepa perdido en la gran ciudad capitalista, pero el fundador del futurismo ruso tenía más de visionario sofisticado que de cateto impresionable, a juzgar por las proféticas conclusiones que sacó de su viaje a EEUU.

Visiones del futuro

Leyendo América cualquiera diría que Maiakovski viajó a EEUU en las mismas condiciones que el yanqui decimonónico de la novela de Mark Twain, que viajaba hacia atrás en el tiempo, hasta la corte del rey Arturo, con información privilegiada sobre esa sociedad. En efecto, cuando el poeta revolucionario aterrizó en Nueva York, parecía conocer la deriva que iba a tomar la sociedad capitalista estadounidense en las siguientes décadas.

Anticipó, por ejemplo, el actual debate sobre el cambio climático: "¿Qué tiene el automóvil de especial? Hay muchos: ha llegado el momento de pensar en qué hay que hacer para que no ensucien el aire". También la plaga neoliberal de Reagan y los Chicago Boys: "EEUU se convertirá en un país exclusivamente financiero". Y, cual Nostradamus en racha, hasta la crisis de la hipotecas subprime y el crédito barato que desencadenó la crash financiero que aún colea: "Los EEUU acumulan demasiada grasa, entregan créditos a quien sea (). Ese dinero sale de todas partes, incluso de la cartera poco poblada de los trabajadores estadounidenses. Los bancos hacen una publicidad muy agresiva de depósitos para obreros. Poco a poco, esos depósitos crean la convicción de que hay que preocuparse por los intereses y no por el trabajo".

El poeta, en el apogeo de su popularidad, partió de Moscú en julio de 1925 rumbo a EEUU. Regresó tres meses después. El viaje incluyó 18 días de navegación y escalas en lugares tan variopintos como Gijón, La Habana, Veracruz, Ciudad de México, Nueva York, Chicago y Detroit.

Lucha de clases oceánica

Maiakovski no esperó a pisar tierra firme para empezar a escribir. Los ecos de la Revolución de Octubre resonaron en su cabeza en mitad del océano, a bordo del vapor Espagne, a juzgar por su interés en analizar la división en clases del pasaje. "Cientos de ventiladores giraban sobre sus ejes, agitaban y meneaban las cabezas rítmicamente, abanicando a la primera clase. Ahora la tercera clase odiaba a la primera también por el hecho de que esta se encontraba a un grado menos de temperatura".

Y resumió de un modo peculiar los beneficios de clase en caso de turbulencias en función de su ubicación en el barco: "La primera clase vomita donde le da la gana; la segunda, sobre la tercera y la tercera, sobre sí misma".

Durante su estancia en México, donde fue recibido por Diego Rivera, asistió a una corrida. "Lo único que lamentaba era que no fuese posible instalar ametralladoras entre los cuernos de los toros y enseñarles a disparar", escribió.

Su gusto por el detalle poético cotidiano quedó plasmada a su paso por La Habana, donde "nos dieron alimentos que no conocía: una fruta llamada mango, una parodia del plátano, con un hueso grande y peludo". También en el viaje nocturno en tren entre Veracruz y Ciudad de México: "La noche tropical que flotaba alrededor del vagón era increíble. Era una noche azul de ultramar, y los cuerpos negros de las palmeras parecían artistas bohemios de largas melenas".

La fascinación del viajero llegó al paroxismo tras pisar Nueva York, donde el gurú soviético de las vanguardias se rindió a las luces de Broadway. "Aquí hay más luz ahora que de día, porque de día todo es luz y en cambio este camino tiene ahora toda la luz del día y encima contrasta con el fondo negro de la noche. Está la luz de las farolas, la luz de la publicidad con bombillas titilantes, la luz de los escaparates y las ventanas resplandecientes de las tiendas que no cierran nunca, la luz de los focos que iluminan carteles colosales pintados a mano, la luz que se escapa por las puertas de los cines y los teatros, la luz voladora de los automóviles y los trenes elevados, la luz de los trenes subterráneos que pasan rápidamente bajo los pies en las ventanas acristaladas de las aceras, la luz de los letreros publicitarios en el cielo. Luz, luz y más luz", narró en éxtasis visual.

Obreros en cadena

"Tenía una personalidad bastante infantil. El modo en que se extraña al ver tantas luces recuerda al de un niño suelto en una feria. Lo hace con total ingenuidad. Era muy extrovertido y le gustaba hacer cosas como disfrazarse en las fiestas", resume Donatella Iamnuzzi, editora de América.

Pero la cabra tira al monte. Pese a glosar la geometría de la luz, Maiakovski no se dejó cegar por los neones capitalistas. Y utilizó su radar revolucionario para localizar ejemplos de la división por clases en las calles de Nueva York. Apreció que a primera hora de la madrugada sólo paseaban por las aceras "los soldados rasos del gran ejército del trabajo", la "multitud trabajadora", que se "distribuye entre las fábricas de confección de ropa masculina y femenina, los nuevos túneles subterráneos que se están abriendo y la inmensidad de los trabajos portuarios". Un poco más tarde, a las ocho de la mañana, "las calles se llenan con gente más limpia y mejor vestida".

En Detroit, visitó las innovadoras fábricas de Ford que dieron nombre al capitalismo de la época: fordismo. "Allí descubre uno de los secretos del éxito de la industria estadounidense: hacer sentir a los trabajadores que forman parte de algo. Aunque, tras hablar con los obreros, se dio cuenta de que la realidad era otra: jornadas laborales interminables y explotación", razona Iamnuzzi.

"Aterrizan chasis desnudos, como si el vehículo aún no llevara el pantalón. Los obreros colocan los guardabarros. El vehículo avanza al paso de usted hacia los montadores del motor. Las grúas bajan la carrocería. Los neumáticos caen desde el techo formando una fila continua, como unos roscones. Debajo de la cadena hay trabajadores que retocan algo a martillazos... Después de pasar por mil manos, el automóvil cobra su forma definitiva en una de las últimas etapas. Un conductor sube dentro, el coche desciende de la cadena y sale al patio ya por su cuenta", describió al pie de la cadena de montaje. Maiakovskise declaró "impresionado" por el proceso, pero no se dejó embaucar. "A los cuatro de la tarde me quedé en la puerta de la fábrica, observando el turno que salía de trabajar: la gente subía a los tranvías y se dormía al instante, completamente agotada".

El dólar de dos caras

El poeta llegó a un país bajo la Ley Seca. Donde unos veían mafiosos con metralletas, él vio tentáculos del sistema económico. Capitalismo y mafia, dos caras de la misma moneda: el dólar. "Todo lo que hace crecer el dólar es business... La ebriedad estadounidense, la ley seca también es el típico negocio y la típica mojigatería. Todo el mundo vende whisky. Si entras en la taberna más pequeña, ves cartelitos de ocupado en todas las mesas... ¿Adónde mira la policía? Vigila que no estafen a nadie durante el reparto de beneficios".

Nadie mueve una hoja sin que haya dinero en juego. Y detrás de las discusiones triviales, se esconden intenciones perversas: "Si es testigo de un debate ascético sobre la belleza femenina y los participantes se dividen en dos bandos uno apoya a las estadounidenses de pelo corto y el otro, a las de pelo largo, esto no quiere decir que esté delante de unos estetas desinteresados. Ni mucho menos. Los que defienden el pelo largo con uñas y dientes son fabricantes de horquillas que han tendido que reducir la producción debido al corte de pelo, y el que aboga por el pelo corto es el consorcio de los propietarios de peluquerías, ya que la moda del pelo corto para las mujeres ha traído a los peluqueros toda una segunda humanidad de consumidoras". Suena a exageración cómica, pero recuerda a cómo funciona hoy día ese insaciable motor de la política estadounidense llamado lobby. Otra profecía del bolchevique llegado del futuro.

Una mañana cualquiera en Nueva York

La madrugada

"Hay una tormenta, llueve, está oscuro y continuará así hasta el mediodía. Te vistes con luz eléctrica, las calles están iluminadas con luz eléctrica, los edificios brillan con luz eléctrica, mostrando las ranuras de ventanas recortadas con regularidad, como si se tratara de una plantilla para carteles publicitarios. Los edificios y las parpadeantes luces de tráfico, de colores, se duplican, se triplican y se multiplican en la superficie del asfalto".

Los negros

"Abajo se mueve una incesante marea humana. Primero, antes del alba, fluye una masa de color negro berenjena: los negros que realizan los trabajos más duros y lúgubres".

Los blancos

"Más tarde, hacia las siete, empieza el flujo de los blancos. Cientos de miles de ellos se mueven en la misma dirección, hacia sus lugares de trabajo. Solo los impermeabilizados chubasqueros amarillos rugen como incontables samovares y brillan bajo la luz eléctrica, mojados, incapaces de apagarse bajo esta lluvia".

La multitud

"La muchedumbre fluye, llenando los agujeros de las estaciones subterráneas, estrujándose en los pasillos cubiertos de los ferrocarriles elevados, volando en trenes rápidos que casi no hacen paradas".

Fuente:http://www.publico.es/culturas/367543/un-bolchevique-en-la-corte-del-tio-sam

jueves, 17 de marzo de 2011

GABRIEL CELAYA

BIOGRAFÍA

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.

Gabriel CELAYA


martes, 15 de marzo de 2011

CIEN

Gabriel CELAYA
(2011- Cien años)

A BLAS DE OTERO

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
y porque el mundo existe, y yo también existo,
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
de este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia un residuo,
las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
las corrupciones vivas, las penas materiales…
todo esto tú sabes, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
el alma transparente y el yo opaco en su centro,
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
el corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

Invoco a los amantes, los mártires, los locos
que salen de sí mismos buscándose más altos.
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
los hombres trabajados que duramente aguantan
y día a día ganan su pan, mas piden vino.
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
la justicia exclusiva y el orden calculado,
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
la condición finita del hombre que en sí acaba,
la consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
en el frío, en el miedo, en la noche de enero
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
un temblor me decía: «Ese es otro, un misterio.»

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
distintos en un tiempo y un lugar personales,
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,
en esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
saber que una escalera por sí misma no acaba,
traspasar una puerta lo que es siempre asombroso,
saludar a otro amigo también raro y humano,
esperar que dijeras era un milagro: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
los árboles, los rayos, la materia, las olas,
salían en el hombre de un penar sin conciencia,
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice «sí», dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
sentí que era posible salvar el mundo entero,
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
con este yo enconado que no quiero que exista,
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
y digo derramado: amigo Blas de Otero.

Gabriel CELAYA


Paco IBÁÑEZ // Gabriel CELAYA

viernes, 11 de marzo de 2011

aimez vous mozart?


OUI

dos hombres y un destino

Por si ascaso, ¡viva durruti!