viernes, 7 de octubre de 2011

Las piedras escritas / Yerto al sol

ROSETTA

A Enrique Vázquez de Sola

Besarse a la luna,

mujer, es besarnos

en toda la muerte.

Miguel Hernández


I

Cuando tu cuerpo

todo era distinto, inesperado y joven:

habitaban los ojos

rompeolas,

caballos

pleamares

y era Agosto feliz y sorprendido

frente a nuestra pasión, frente al misterio.

Y qué fuerza en tus brazos,

qué parajes de fuego,

qué tormenta de luz, amada mía.

Mas he aquí, de pronto, que vinieron

los cuchillos del miedo a desnudar el frío,

a pretender herrumbres y cenizas,

y espaldas,

grupas,

lejos,

partiendo en dos la tarde.

Tempestades que alzaron,

borrascas que nublaron,

huracanes que vimos

llevarse nuestra casa como un copo de nieve.

Porque estábamos solos

comprendimos la luz de las ruinas,

los hierros retorcidos,

sin apenas un grito,

como si hubiese sido nuestra casa de siempre

aquel palo tronchado,

aquel espejo roto,

y vasos,

sillas,

naipes,

mirándonos allí desde el escombro.

Y entre los dos qué grande la montaña,

qué terribles los álamos y el río,

qué tremenda la calle

y el asfalto y el humo

y el silencio aterido sobre los pedestales,

espeso,

grande,

inmóvil.

En medio de la calle cesaba yerto el sol.

II

No fue sino en los muros que estaba su lenguaje.

Mas no supo mirar.

Se fue quedando

atónito delante de las piedras escritas,

frente a los capiteles acobardado y ciego,

tras de los frisos habladores sordo,

solo en Persépolis,

solo en Pompeya

y en Altamira solo,

ciego y solo.

Jeroglíficos,

números,

arcanos

que no supo mirar, mas le miraban.

Y quién hablara,

quién rasgara los velos,

quién alzara una mano sobre restos y huellas,

fustes y losas,

si era enorme el silencio

y unos ojos de mármol vigilaban sus ojos,

testigos de la sombra,

centinelas de nieve.

No se atrevió, no supo

y desnudo quedó

palideciendo.

Allí, desde los cofres milenarios,

la soledad miraba

y era un tesoro frío.

y III

Viven cerca de aquí, mas están solos

y solos son de antes de tu cuerpo.

Primitivos y nuevos,

levantan el dolor como bandera

y no saben mirar.

Como tus ojos.

Pero en ellos me miro, a vosotros me entrego.

Caballos,

trenes,

barcos

que reclaman mis ojos para siempre

mientras tiendo en la noche

saltos de agua, cántaros,

abrazos,

puentes,

túneles.

Mira la calle, amor, oye los pasos

de los que van y son mientras caminan

y viven, palidecen, desesperan.

No es posible la luz porque tus ojos

han de morir.

De nuevo

será tu corazón un aguacero

sobre mi piel vencida.

Por eso voy por el amor de luto,

por eso cambio mi dolor de sitio

y a pesar del amor la calle canta.

Pero cuando tu cuerpo

eran nubes izadas a fuerza de querernos,

de adornar la consciencia de lo que nunca fuimos,

pero tanta pregunta sin sol, acumulándose,

pero el agua creciendo por la cintura nuestra,

acribillando el pecho, gota a gota,

pero tanto postigo con el gesto cansado,

pero tanto dolor,

pero la voz del humo tiritando

y la luz:

no es posible la luz pero tus ojos.

Como si fuese tarde

habrá que madrugar sobre el escombro.

Sin ti polvo, ceniza. Sin vosotros la nada.

Javier EGEA / Troppo mare [Rosetta]

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